DESDE EL OTRO LADO DEL ESCAPARATE

#EscribirEsParaSoñadores

Es temporada de escaparates. Época de compras. Tiempo de ventas. Fiestas que han pasado del todo a cien al todo vale. Calles llenas de luces y tiendas que buscan iluminarte. Carteles de descuéntame vida e invierto aquí mi tiempo.

El escaparate es la parte imprescindible de la tienda. Si lo montan bien, es para que te llame la atención; si lo hacen mejor, para que te pares a mirarla; y, si son expertos, para que la recuerdes. La intención es que valores comprar tus futuros presentes en ella. Y aquí es donde afloran los instintos y se ponen en práctica los estudios, la psicología -barata o no-, el neuromarketing, el biocontrol, o lo que se haya puesto de moda.

La tienda contiene todos los artículos que están a la venta, para el público y al por menor. Aquí es donde uno suele creer que ejerce la libertad, pues de todos los productos que se le presentan escoge alguno.

El mostrador puede ser de material y tamaño variado, pero lo que viene a contarte es que hay una distancia entre el que vende y el que compra. Y que es necesario un terreno neutral para el intercambio de bienes y servicios. Además existirá una caja que lo registrará todo. El capitalismo esta vez ha de ser limpio, organizado y bien ejecutado.

El almacén es el lugar donde se acumulan productos, etiquetados e inventariados, esperando, allí en estanterías y cajones, un comprador. Lo curioso de esta habitación es que tiene luz cuando la invaden, cuando abren sus puertas. Y se oscurece cuando se van, cuando las cierran, cuando la abandonan. Lo mismo sucede con el ruido, aunque habría que diferenciar dos tipos: uno fuerte y central, el interno; y uno menos intenso, pero más constante, el externo.

El dependiente es la persona que se encuentra tras el mostrador. Si la tienda es de ropa, casualmente, la mayoría son dependientas. Si es de informática, sorprendentemente, la mayoría son dependientes. Y una, que es curiosa y reflexiva por naturaleza, intercambia monedas preguntándose por qué son dependientes. De qué o de quién dependen.

La trastienda es la parte desconocida de la tienda. Seguramente creerás que no existe o confundirás su concepto con el de almacén. Esta zona se esconde al público, allí habitan los secretos, las ilegalidades, lo que jamás se cuenta, lo que nunca se habla. La fuente de estrés, de ansiedad, de depresión, de enfermedades psicosomáticas y de algún que otro trastorno de la personalidad. Suele ser un área poco extensa, pero intensa. Huele a miedos humedecidos de recuerdos difusos y dolorosos. Sabe a muerte, a duelo y a decepción. Aquí se guardan las cosas tristes, las que se niegan y las que nos juraron que alejan a los demás.

El problema de la libertad es que siempre buscamos más. Así cruzamos fronteras. Así nos globalizamos. Y, por ello, ahora tenemos tiendas online.

Están las panaderías de toda la vida, que perduran durante años a pesar de las crisis, las que se ponen de moda y cierran años después, las que crecen y abren franquicias y se mantienen… Y las que empiezan a crecer y se vuelven objetivo de inversores y pitonisos. A éstas las llamamos redes sociales. Y el artículo que se vende, te guste o no, seas consciente o no, eres tú. Y si alguien decide tomar partido en tus redes, lo está haciendo contigo o contra ti. Repito, te guste o no, seas consciente o no.

El naming no es casual. Redes. Utensilios de hilos, cuerdas o alambres trabados en forma de mallas, y convenientemente dispuestos para pescar, cazar, cercar y sujetar. Sociales. Sociedad, compañeros, vecinos, aliados y enemigos.

En el escaparate todo lo bonito, todo lo alegre, todo lo controlado, medido, todo lo que sabes de antemano que va a gustar, lo que te van a comprar. Sólo y exclusivamente lo que gustará, lo que irá bien. Y si alguien no tiene escaparate, si alguno ha decidido que se vende sólo en carne viva tangible, ése es señalado y excluido. Es un rarito que vive en una cueva, porque si no lo cuenta en las redes está claro que es porque no puede presumir de nada de lo que tiene o hace, no es que lo haya decidido así, qué va. Por no hablar de los que no pisan el resto de la tienda y, protegidos tras el cristal, buscan adulación externa y halagos continuos de su manipulado público para alimentar su narcisismo. Son esos productos que mediante la palabra y la imagen están continuamente enviando mensajes sobre lo maravillosos que son y lo mucho que hay que admirar lo fantásticos que son, aunque todo sea una máscara que, a veces, es muy fácil arrancar. El uso del escaparate es muy dañino cuando nadie entra en la tienda y decide si es cutre, fea, tonta, cara, barata o cualquier etiqueta de turno sin dar una sola oportunidad. Ahí, desde la calle. Mirando en la distancia, que es como miran los cobardes que cuentan ser valientes. Y ya no digo nada si ese escaparate muestra que es amiguito del de al lado y el de al lado ha sido señalado por toda la calle como algo horrible. O la tienda mejor valorada en Facebook, por gente comprada, ha decidido convencer a unas cuantas para que cierren esa que nos incomoda porque no nos deja vivir nuestra fantasía. A esto hay que añadir las denuncias públicas. Sabemos que la tienda de enfrente no es muy honrada y voy a escribir un tuit contándolo, que eso de ir a denunciar a la policía es como más responsable y comprometido, y yo en realidad sólo quiero que se sepa en público, sin muchas pruebas tampoco, para que deje de joder a las demás que, siempre, siempre, somos las más mejores. De repente, de un vistacito, ya sabemos de qué pie cojea cada persona. Tienda, perdón, tienda. Y sin el esfuerzo de presentarnos, preguntar, dedicar tiempo, visitarnos, hacernos verdaderamente coleguitas… Qué va. Y luego la vida triste es la de los que no participan en el circo… Ya.

En la tienda, la sonrisa fingida, la ropa de la última colección, la pose contra natura y los retoques bastante alejados de un buen Photoshop. Y a los pies, las frases de los autores que jamás serán mencionados ni respetados, por no decir ya que ni leídos. Como si ellos no tuviesen en su tienda bolígrafos gastados y papeles emborronados por las plumas que sí les hacen volar.

En el almacén, horas pensando la foto, la postura, el modelito, la frase. Energía dedicada únicamente a ser apreciado y valorado por los demás. Esos demás que sólo importan si nos dicen cosas positivas. Opiniones, sobre cualquier tema, que se acumulan por si algún día el escaparate necesita una llamada de atención. Todos jueces, policías, criminólogos y sanitarios, todos formadísimos en tantas y tantas cosas, que tenemos derecho a soltar nuestra opinión. Y si alguien nos manda callar por incultos es que es un opresor, nos censura y yo tengo derechos. ¿Y el respeto? ¿Dónde se guarda el derecho a respetar? Y si en mi almacén no hay formación (que no tiene que ser obligatoriamente estudios reglados) sobre el tema a debatir, ¿por qué no admitimos la ignorancia y escuchamos al experto?

Dependientes. Todos. De comentarios, de likes, de respuestas, de interacción. De una falsa compañía que aleje una soledad real, que lejos de elegirse y disfrutarse, se acaba sufriendo. Y los llaman influencers, porque todavía hay gente que se deja influenciar por personas que no dedican tiempo ni a eso que les da de comer. Anuncios con patas en smartphones que no podemos apagar. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero que gente que se mata a trabajar a diario dé un like o un follow a las niñas que se sentaban en la última fila a incordiar mientras se pintaban las uñas, convirtiéndolas en referentes y dejando que ganen en un día lo que el resto no ganamos ni en un mes, roza el delirio. Y, por supuesto, considero que hay influencers con formación y con carisma, las verdaderas influencers, las menos, que han creado un empleo y luchan por vivir de él. El dinero mueve el mundo, pero nosotros no movemos el mundo. Estamos alienados, indefensos aprendidos. Y no es nuestra culpa, queremos vivir bien y en paz, no tener que estar toda la vida dedicándonos a luchar por un trato humano y justo. Pero es que si damos el poder a quien nos roba y engaña, en niveles bajos y en niveles altos, claro que acabamos preocupándonos únicamente por poner bonito el escaparate. Encima les damos información gratuita sobre cómo podemos ser mangoneados sin darnos cuenta, pensando que existe la privacidad en internet por ponerle el dibujito de un candado a la cuenta.

¿Y en la trastienda? Ay, amigos. En la trastienda todos acabamos acumulando objetos similares. Y si dejásemos las apariencias, si nos volviésemos agua, si fuésemos transparentes, honestos y amorosos, lo descubriríamos. La puerta de la trastienda se puede abrir voluntariamente cuando dejamos el autoengaño insano, el que niega nuestra realidad y nos obliga a manipular al mundo para satisfacer necesidades moralmente dudosas. Qué agradable sería el mundo si montásemos las reuniones familiares allí. Y si desde que uno aprende a hablar siente la seguridad de que puede abrir su trastienda sin tener que volver a cerrarla con objetos de más. Aquí es donde se generan los vínculos reales, esos que los ricos no pueden comprar, esos que envidian los que no saben amar, esos que te preguntan cómo eres capaz de seguir abriendo la puerta después de lo que te ha venido haciendo el personal.

¿Mi conclusión? Después de una experiencia horrible en redes sociales, considero que son una gran herramienta de marca, activismo y conocimiento profesional. Pero siempre ha existido una idea que relaciona a la publicidad con la mentira y el engaño, y en una gran mayoría de personas esto es así; y en una minoría muy peligrosa, eso es lo único que son. Por eso creo que, definitivamente…

Lo más peligroso del escaparate es quedarse a vivir en él.

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